Al cansarnos de caminar, nos lanzamos en la arena, tranquilos, mirando el mar, mientras escuchábamos el ruido de las olas. Él se recostó y me invitó suavemente a sobreponer mi cabeza en su hombro. Ninguno de los dos hablaba, era un silencio total entre los dos –y en lo personal odio el silencio, pero éste me agradó, incluso no tenía ganas de interrumpirlo- ninguno habló. Simplemente estábamos recostados mirando las estrellas que, despampanantes en el cielo, brillaban sólo como una estrella lo podía hacer en un cielo tan perfecto como aquel, a lo lejos se oía el ruido de las olas romperse con los roqueríos que seguían, y a la vez se escuchaba el reventar de otras contra la playa, con una furia ligera, casi como la misma calma.
La noche se acabó. Al llegar el alba ambos tuvimos que partir. Dormimos en la playa, sobre la arena, tapados con su chaqueta, la noche estaba cálida. Caminamos con los pies tocando cada vaivén del mar, con el rocío en nuestros rostros, los primeros rayos de luz parecían abrigar todo más aún. Abrazaban la costa con una claridad inmensa, nada quedaba en misterio más que esa actitud aún confusa y difusa, entre distancia y cercanía. Llegamos al lugar de la moto, sin decir palabra alguna, solo de la mano y con los zapatos en la otra. El la hizo andar, mientras tenía en mí una mirada un tanto pasiva, querendona, como si la noche que habíamos pasado hubiera sido un año. Una noche para el recuerdo de toda la vida, la primera más grandiosa de nuestras vidas, la primera juntos.
Extracto de un "libro" que estoy escribiendo, éste es solo el principio, ojalá lo termine pronto.
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